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    El hombre y su mundo: El método socrático
    Por: Flora Celia Berchelman    Nota No.23495, 08-Nov-99   

    SALTILLO, NOVIEMBRE 7.-
    Sócrates halla en el conocimiento de uno mismo el fundamento del saber y la guía para su mismo método. Este método consta de dos momentos: la ironía y la mayéutica. El primero tiene por objeto desvanecer la falsa ciencia. El segundo enseña al hombre a producir el verdadero conocimiento.
    En las “Memorables” de Jenofonte, hallamos variados ejemplos del primer procedimiento que es el que Sócrates empleaba para confundir a los sofista. Uno de los más característicos modelos en su diálogo con Glaucón, el joven vanidoso a quien trata de demostrar que para dedicarse a la política hace falta conocerla. “¿No es acaso evidente, pregunta Sócrates que si quieres que te aprecien debes prestar servicios a la República? Y si así es, dime ¿cuál es el primer servicio que tú, Glaucón, piensas hacerle?”. Aquí se inicia ya por sorpresa la ironía socrática. En efecto Glaucón se calla, no acierta a contestar; no había atinado en ello, precisamente porque ignora en qué consiste el arte del gobierno, y ahora se lo va a demostrar Sócrates. En efecto, éste continúa: “¿Quieres, por ejemplo, tratar de enriquecerla?”. “Sí” -contesta Glaucón. “El medio de conseguirlo es procurarle grandes rentas, y si así te parece, dime ¿de dónde salen los ingresos del Estado y a cuánto ascienden?”. “Por Júpiter, —replica Glaucón—, jamás me he enterado de ésto”. He aquí ya en flagrante contraste la seguridad de Sócrates, que pregunta, y la desorientación del sofista, que responde. Pero ahora sigue el filósofo demostrando al detalle la supina ignorancia del aspirante a político. “Dinos, al menos, qué gastos tiene la ciudad”. “Tampoco lo sé”. Y así continúa el diálogo por el mismo procedimiento: Sócrates examinando las demás cuestiones relativas a los intereses del estado, y Glaucón contestando siempre lo mismo, hasta que Sócrates termina con estos términos de profunda ironía: “Puesto que tan difícil es ocuparse en arreglar los asuntos de tantas familias al mismo tiempo? Por qué no emprendes la mejora de una, la de tu tío, que de sobra lo necesita?”. “Así lo haría —contesta Glaucón—, si mi tío quisiera hacerme caso”. “¡Cómo! —replica Sócrates—, no has podido hacerte oír por tu tío y quieres que te escuchen todos los atenienses, y tu tío entre ellos”. Esta es la forma con que comúnmente termina Sócrates. Si quisiéramos reducir el razonamiento en cuestión a la forma del silogismo aristotélico, veríamos que se reduce a una demostración de apagógica o “ad-absurdum”. Y así diríamos: El que aspira a regir una colectividad ha de estar dispuesto a servirla; no es posible servirla sin conocer sus necesidades y sus medios. Glaucón confiesa que lo ignora. Luego Glaucón no puede servirla, y en su consecuencia, no puede ser un buen político.
    Examinado el procedimiento mental que en esta corta interrogación sigue Sócrates, observaremos dos cosas: en primer lugar, algún principio, máxima o verdad generalmente dimitida, o de sentido común, que predisponga a los interlocutores en favor de un acuerdo, como punto de partida. Oportuna siempre y formulada en términos de fácil comprensión, es hábilmente traída por Sócrates en el curso del diálogo, sin que los demás se percaten de su eficacia para la afirmaciones subsiguientes. No es una ingeniosa tramoya como la del sofista que emplea la ambigüedad y el equívoco, sino una profunda aserción de carácter inmutable de los principios que rigen la inteligencia y la vida humana. Sin ellos, el conocimiento y la ciencia serían imposibles, o mejor dicho para inmediatamente esperar de él todo aunque niega dicho contenido y lo que le es análogo o idéntico. Los momentos, pues, del método socrático son éstos: inducción o invención, en los casos particulares, del contenido esencial; determinación conceptual, y, por último definición.
    Enciclopedia (Espasa-Calpe)
    I
    EL HIJO DE LA COMADRONA
    Como no existía ningún registro oficial de nacimiento en Atenas, no se tiene un dato directo del nacimiento de Sócrates. Sin embargo, se puede fijar indirectamente el año dentro de su proceso y condena, que ocurrieron en la primavera del año 399 a.C. (el año de “Laques”) y Platón nos dice que por la época del proceso tenía Sócrates setenta años o poco más. En el “Critón” se hace decir a Sócrates que tiene setenta años de edad. Por tanto se está muy cerca de la verdad si se sitúa el nacimiento del filósofo en 470 o 469 a. C.
    Se sabe que Sócrates era de familia modesta. Nació en la parroquia o barrio de Alpece, en Atenas. Fue hijo de Sofronisco, que era escultor o estatuario: y de Fenareta, nombre que parece indicar que su madre era de buena familia. Ella tenía, de otro marido, un hijo llamado Patrocles. Platón dice en el “Teeteto” que tenía gran habilidad como partera. Esta afirmación se ha considerado algunas veces como una broma, pero de ser una invención será demasiado superflua, aunque, desde luego no es de suponerse que fuera una comadrona “profesional”.
    Su primera educación la recibió Sócrates en la escuela, donde aprendió a leer y escribir, y, además, música, gimnasia y poesía. No se debe caer en el error de pensar que perteneciera a una clase necesitada.
    (Continuará).


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