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SALTILLO, NOVIEMBRE 7.- Sócrates halla en el
conocimiento de uno mismo el fundamento del saber y la guía
para su mismo método. Este método consta de dos momentos: la
ironía y la mayéutica. El primero tiene por objeto desvanecer
la falsa ciencia. El segundo enseña al hombre a producir el
verdadero conocimiento. En las “Memorables” de Jenofonte,
hallamos variados ejemplos del primer procedimiento que es el
que Sócrates empleaba para confundir a los sofista. Uno de los
más característicos modelos en su diálogo con Glaucón, el
joven vanidoso a quien trata de demostrar que para dedicarse a
la política hace falta conocerla. “¿No es acaso evidente,
pregunta Sócrates que si quieres que te aprecien debes prestar
servicios a la República? Y si así es, dime ¿cuál es el primer
servicio que tú, Glaucón, piensas hacerle?”. Aquí se inicia ya
por sorpresa la ironía socrática. En efecto Glaucón se calla,
no acierta a contestar; no había atinado en ello, precisamente
porque ignora en qué consiste el arte del gobierno, y ahora se
lo va a demostrar Sócrates. En efecto, éste continúa:
“¿Quieres, por ejemplo, tratar de enriquecerla?”. “Sí”
-contesta Glaucón. “El medio de conseguirlo es procurarle
grandes rentas, y si así te parece, dime ¿de dónde salen los
ingresos del Estado y a cuánto ascienden?”. “Por Júpiter,
—replica Glaucón—, jamás me he enterado de ésto”. He aquí ya
en flagrante contraste la seguridad de Sócrates, que pregunta,
y la desorientación del sofista, que responde. Pero ahora
sigue el filósofo demostrando al detalle la supina ignorancia
del aspirante a político. “Dinos, al menos, qué gastos tiene
la ciudad”. “Tampoco lo sé”. Y así continúa el diálogo por el
mismo procedimiento: Sócrates examinando las demás cuestiones
relativas a los intereses del estado, y Glaucón contestando
siempre lo mismo, hasta que Sócrates termina con estos
términos de profunda ironía: “Puesto que tan difícil es
ocuparse en arreglar los asuntos de tantas familias al mismo
tiempo? Por qué no emprendes la mejora de una, la de tu tío,
que de sobra lo necesita?”. “Así lo haría —contesta Glaucón—,
si mi tío quisiera hacerme caso”. “¡Cómo! —replica Sócrates—,
no has podido hacerte oír por tu tío y quieres que te escuchen
todos los atenienses, y tu tío entre ellos”. Esta es la forma
con que comúnmente termina Sócrates. Si quisiéramos reducir el
razonamiento en cuestión a la forma del silogismo
aristotélico, veríamos que se reduce a una demostración de
apagógica o “ad-absurdum”. Y así diríamos: El que aspira a
regir una colectividad ha de estar dispuesto a servirla; no es
posible servirla sin conocer sus necesidades y sus medios.
Glaucón confiesa que lo ignora. Luego Glaucón no puede
servirla, y en su consecuencia, no puede ser un buen
político. Examinado el procedimiento mental que en esta
corta interrogación sigue Sócrates, observaremos dos cosas: en
primer lugar, algún principio, máxima o verdad generalmente
dimitida, o de sentido común, que predisponga a los
interlocutores en favor de un acuerdo, como punto de partida.
Oportuna siempre y formulada en términos de fácil comprensión,
es hábilmente traída por Sócrates en el curso del diálogo, sin
que los demás se percaten de su eficacia para la afirmaciones
subsiguientes. No es una ingeniosa tramoya como la del sofista
que emplea la ambigüedad y el equívoco, sino una profunda
aserción de carácter inmutable de los principios que rigen la
inteligencia y la vida humana. Sin ellos, el conocimiento y la
ciencia serían imposibles, o mejor dicho para inmediatamente
esperar de él todo aunque niega dicho contenido y lo que le es
análogo o idéntico. Los momentos, pues, del método socrático
son éstos: inducción o invención, en los casos particulares,
del contenido esencial; determinación conceptual, y, por
último definición. Enciclopedia (Espasa-Calpe) I EL
HIJO DE LA COMADRONA Como no existía ningún registro
oficial de nacimiento en Atenas, no se tiene un dato directo
del nacimiento de Sócrates. Sin embargo, se puede fijar
indirectamente el año dentro de su proceso y condena, que
ocurrieron en la primavera del año 399 a.C. (el año de
“Laques”) y Platón nos dice que por la época del proceso tenía
Sócrates setenta años o poco más. En el “Critón” se hace decir
a Sócrates que tiene setenta años de edad. Por tanto se está
muy cerca de la verdad si se sitúa el nacimiento del filósofo
en 470 o 469 a. C. Se sabe que Sócrates era de familia
modesta. Nació en la parroquia o barrio de Alpece, en Atenas.
Fue hijo de Sofronisco, que era escultor o estatuario: y de
Fenareta, nombre que parece indicar que su madre era de buena
familia. Ella tenía, de otro marido, un hijo llamado
Patrocles. Platón dice en el “Teeteto” que tenía gran
habilidad como partera. Esta afirmación se ha considerado
algunas veces como una broma, pero de ser una invención será
demasiado superflua, aunque, desde luego no es de suponerse
que fuera una comadrona “profesional”. Su primera educación
la recibió Sócrates en la escuela, donde aprendió a leer y
escribir, y, además, música, gimnasia y poesía. No se debe
caer en el error de pensar que perteneciera a una clase
necesitada. (Continuará).
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